jueves, 26 de febrero de 2009

MITAD NIÑA MITAD MUJER


Así es como me siento y no por tener ninguna disfunción física ni nada por el estilo, sino porque me doy cuenta de que, aunque pasen los años, siempre aflora el egoismo innato que se tiene cuando se es un crío, o una cría, en mi caso.

Ayer me plantearon la siguiente cuestión: ¿Yo quiero tener un hijo con mi marido o quiero tener un hijo, a secas? ¿Quiero un hijo de mi marido porque es con él con quien quiero tener un hijo o es que quiero tener un hijo porque algo en mí me pide tenerlo? Y es que la respuesta es afirmativa para todos los casos. Quiero tener un hijo con mi marido porque estoy convencida de que será el hijo más maravilloso que se pueda tener, una conjunción más o menos perfecta de los dos y sólo con que sea igual de buena persona que es su padre, será un ser excepcional. También será el zenit en nuestra relación, la guinda del pastel, que se puede acabar o no, pero nuestro hijo será siempre la esencia de nuestra "historia" personificada en algo que tendrá, poca o mucha, trascendencia en el mundo y nos recordará cuando ya no estemos.

Pero por otro lado, es cierto que yo, en primera persona, como mujer adulta, quiere tener un hijo. Y esto es lo más descabellado que he dicho nunca. Hace no tanto tiempo, pensándolo fríamente, el tener un hijo o no, para mi era algo secundario. Primero estaba mi vida con mi pareja o sin ella, mi independencia, mi trabajo, mi casa, mis amigos, mis familia, mis idas y venidas y si en todo esto entraba o no un niño, no era asunto mío, o mejor dicho, no era algo que me plantease seriamente. Los niños me han venido gustando lo justo. Los he cuidado, me han pagado por ello y eso ha sido todo. Incluso muchas veces me he considerado una persona fría y distante en mi trato hacia ellos. Ni baba caída, ni cuchis-cuchis, lo que tenía enfrente de mi era un niño pequeño del que tenía que estar pendiente y al que no llegaba a entender cuando lloraba o se ponía impertinente por un capricho o un reproche mio. Mi madre cuenta que cuidaba muy bien de mi hermano y que estaba pendiente de él constantemente. Y es que ahí estriba la diferencia, una cosa es ser responsable y saber que tienes que cuidar a alguien y otra distinta es que eso lo hagas de manera innata porque adoras lo que tienes delante. No es que no quisiera a mi hermano, le quería, y le quiero, porque era, y es, mi hermano, no porque fuese un niño pequeño al que adorar, me explico?

En fin, como sea, que los niños no eran ni son mi fuerte. Pero cuando te planteas que ese niño que tienes enfrente proceda de ti, la cosa cambia. ¿Qué yo creía que el instinto maternal era una soberana gilipollez, que el reloj biológico no existe y que todo son convencionalismos aceptados desde que el hombre es hombre y la mujer, mujer?¿Qué yo creía que el tema maternal era una ñoñería de abuela, machismo en definitiva, que sometía a la mujer para quedarse en casa con sus niños y para de contar? Pues sí, pensaba todo eso y en parte lo sigo pensando, pero ahora soy consciente de que, entendiéndose como se quiera entender, en nosotras surge algo de repente, una luz, salta un resorte, una sinapsis rara, llamésmolo "x", que nos hace plantearnos que lo que nos falta en nuestro puzzle personal, es un hijo. Doy por hecho que todo viene precedido de unas circunstancias, es decir, que cuando la situación personal es proclive a ello, pues todo esto es cuando más se acentúa.

"De todos los derechos de una mujer, el más grande es ser madre. El amor de una madre es el combustible que hace que un ser humano logre lo imposible". Esto es lo que empieza a brotar en mi, y la cria egoista de la que hablaba al principio quiere ejercer este derecho y hacer de él una personita capaz llevar a cabo lo que se proponga, pero ante todo, intentar ser feliz.

martes, 24 de febrero de 2009

LOS SOLDADOS NO TIENEN MORAL

El médico nos deja entrever que en el tema infertilidad la cosa funciona a un 50%, o el problema lo tiene la chica o lo tiene el chico. En ese momento te miras, y cuando sales de la consulta con tu volante en la mano para mandar fluidos tuyos al laboratorio, empieza el intercambio de ánimos: "tranquilo que verás como tú no tienes nada, que voy a ser yo, que me he pasado con el alcohol, con el tabaco y no he hecho nada de deporte, además mi dieta es pésima... si ya lo decía mi madre"; "no cariño, sabes que siempre he pensado que yo tenía un problema de esterilidad, que mis espermatozoides no son buenos, que mi anterior novia y yo..." y acabas dándote cuenta de que tenga quien tenga el problema, en realidad es de los dos.
Todavía no le das la más mínima importancia, porque sabes o crees, que todo es normal, que no habéis tenido "tino" y que una vez que empiecen las pruebas, seguro, seguro que te quedas embaraza de momento. Ha sido lo que te ha comentado mucha gente, que la psique en esto es muy mala, que hay que relajarse, que cuando lo dejas en manos médicas es cuando llega, que obsesionarse es contraproducente, que si yo tengo una conocida que, que si yo conozco a una pareja que ... que, que, que.
Después de la masturbación mañanera, las prisas por llegar al hospital con aquello fresco, la enfermera con ínfulas de graciosa y dejar, en definitiva, parte de tus esperanzas en un frasco estéril, llega el momento de recoger los resultados.
Hasta ese momento todo han sido especulaciones sobre lo que podría ser pero no va a ser y sobre lo que podría pasar pero no va a pasar ... y de repente es y está pasando.
Diagnóstico: oligoespermia. Por lo tanto el resumen queda así: si lo normal son 20 mill. de espermatoziodes y de ellos menos de 50% inmóviles nosotros tenemos 6 mill. y el 87% inmóviles. Si una pareja fertil tiene una 20% de éxito en cada relación sexual en periodo de ovulación, nosotros rondamos el 6%. No obstante el médico en un intento de animarnos, después de soltarnos a bocajarro la noticia, nos dice que puedo quedarme embarazada en cualquier momento, igual que si juego el Euromillón, que puede tocarme en cualquier momento...
Lo primero y donde se centran nuestras miradas es en él, el hombre de esta relación. Todos sabemos que para algunos hombres estos temas son demasiado delicados. Poner en entredicho su fertilidad no es algo muy varonil que digamos, y para esa clase de hombres esto puede ser el principio de la caída en picado hacia una depresión. Pero el caso es que parece que aquí, el hombre de esta relación, se lo ha tomado relativamente bien. Con un escueto "esto ya lo sabía yo" nos marchamos de la consulta, con otro volante para visitar al urólogo, siguiente parada en nuestro particular "via crucis" hasta nuestro hijo.
Y es en este momento donde empiezan a destaparse todas los rincones, vericuetos y "cajas de pandora" de nuestra mente. Uno prefiere no saber, reirse y ponerle la nota de humor, pero ante cualquier chispa se enciende cual colilla tirada a un pozo de petróleo, y la otra empieza a recopilar información sobre lo que puede o no puede ocurrir a partir de ahora.
Pufff, demasiada información no debe ser muy bueno. El panorama que se presenta ante nosotros no es demasiado esperanzador, la verdad, sobre todo por el tiempo que va a transcurrir. Ahora entiendo las caras de poker de los conocidos con problemas de fertilidad cuando nosotros les animábamos con eso de que "el tiempo pasa volando", puesto que volando ha pasado para mi, que lo he vivido desde fuera, pero cuando es en 1ª persona, el tiempo es que es terriblemente lento. Sé que acabamos de empezar, que esto es hablar por hablar, que si el urólogo ve un problema subsanable, esto será coser y cantar, que no obstante tengo un super 6% de probabilidades; pero lo leído, visto y oído no es muy esperanzador que digamos, y como mínimo otro año se nos escapa entre pruebas, tratamientos, elucubraciones, cálculos, posturas, piernas en alto, retrasos, lágrimas, ánimos, sueños, esperanzas, ilusiones...
Alguien dijo que "un hijo es una pregunta que le hacemos al destino" y yo por desgracia, soy demasiado curiosa.

lunes, 23 de febrero de 2009

Cuando uno se propone participar en el juego de la naturaleza e intenta apostar por el caballo ganador, lo que no se le pasa por la cabeza es que, muchas veces, el caballo ganador no es el que tiene la clave para poder salir victorioso o en este caso, llegar a la meta.
Siempre he pensado que habría un momento específico en el que yo sabría cuándo y por qué y mi instinto maternal afloraría hasta convertirme en una madre, es más, estaba convencida de que eso ocurriría por una cierta obligación de las circunstancias: un despiste, un fallo de cálculo, de método; una especie de "ya que está aquí vamos hacia adelante con ello".
No voy a negar que el haberlo planificado da bastante seguridad. Tener todo calculado y poder decidir el momento oportuno, es un privilegio que no tiene todo el mundo. Ajustar la economía, acomodarte a plazos, a pagas, coger de aquí, tirar de allá, viajar al sitio que te queda pendiente, darte el capricho que luego no podrás, aprovechar las tardes de los domingos tirados en el sofá viendo las pelis preferidas; en definitiva, componer un puzzle para acoplar una pieza más, la de tu hijo.
Antes de plantearnos en serio el pasar de "adulto prematuro" a "adulto", hablabamos de todas las posibilidades que se nos podían plantear en la búsqueda de nuestro hijo. Si alguno de los dos tenía algún problema, no pasaba nada, se intentaba poner remedio y se volvía a intentar; y si la cosa persistía, pues se adoptaba. Y si eso tampoco era viable en el momento de hacerlo, pues aceptábamos las tiranas normas del destino y nos convertíamos en dos "Willys Fogh" del siglo XXI y a viajar se ha dicho. Todo esto los hablabamos con una copa de vino en la mano, tras una cena con amigos, sin darle el mínimo atisbo de trascendecia, puesto que dábamos por hecho que los dos éramos lo suficientemente maduros como para aceptar la realidad que nos lanzaran a la cara en cualquier momento, porque en el fondo quieres creer y saber, que no vas a tener ningún problema y que vas a ser dueño del momento y de la naturalidad con la que todo va a surgir.
Y el caso es que la realidad ha sido lanzada; en mi caso, más bien me ha explotado en la cara.
Tras un año de búsqueda infructífera, llegan las primeras pruebas que detectan lo que ninguno de los dos quería creer o saber: tenemos un problema.
Cuantos calentamientos de cabeza, noches sin dormir, llamadas furtivas, test, rayitas rosas, post-coitales, juramentos de "nunca más"; dramones infumables vividos ante un retraso de regla cuando éramos novios y lo nuestro no pasaba de la esquina.
Hemos llegado al momento en el que tenemos que plantearnos, sin cena ni vino de por medio y con la trascendencia oportuna, el hecho de que lo natural, lo normal y lo previsto, a nosotros no nos vale.