
Así es como me siento y no por tener ninguna disfunción física ni nada por el estilo, sino porque me doy cuenta de que, aunque pasen los años, siempre aflora el egoismo innato que se tiene cuando se es un crío, o una cría, en mi caso.
Ayer me plantearon la siguiente cuestión: ¿Yo quiero tener un hijo con mi marido o quiero tener un hijo, a secas? ¿Quiero un hijo de mi marido porque es con él con quien quiero tener un hijo o es que quiero tener un hijo porque algo en mí me pide tenerlo? Y es que la respuesta es afirmativa para todos los casos. Quiero tener un hijo con mi marido porque estoy convencida de que será el hijo más maravilloso que se pueda tener, una conjunción más o menos perfecta de los dos y sólo con que sea igual de buena persona que es su padre, será un ser excepcional. También será el zenit en nuestra relación, la guinda del pastel, que se puede acabar o no, pero nuestro hijo será siempre la esencia de nuestra "historia" personificada en algo que tendrá, poca o mucha, trascendencia en el mundo y nos recordará cuando ya no estemos.
Pero por otro lado, es cierto que yo, en primera persona, como mujer adulta, quiere tener un hijo. Y esto es lo más descabellado que he dicho nunca. Hace no tanto tiempo, pensándolo fríamente, el tener un hijo o no, para mi era algo secundario. Primero estaba mi vida con mi pareja o sin ella, mi independencia, mi trabajo, mi casa, mis amigos, mis familia, mis idas y venidas y si en todo esto entraba o no un niño, no era asunto mío, o mejor dicho, no era algo que me plantease seriamente. Los niños me han venido gustando lo justo. Los he cuidado, me han pagado por ello y eso ha sido todo. Incluso muchas veces me he considerado una persona fría y distante en mi trato hacia ellos. Ni baba caída, ni cuchis-cuchis, lo que tenía enfrente de mi era un niño pequeño del que tenía que estar pendiente y al que no llegaba a entender cuando lloraba o se ponía impertinente por un capricho o un reproche mio. Mi madre cuenta que cuidaba muy bien de mi hermano y que estaba pendiente de él constantemente. Y es que ahí estriba la diferencia, una cosa es ser responsable y saber que tienes que cuidar a alguien y otra distinta es que eso lo hagas de manera innata porque adoras lo que tienes delante. No es que no quisiera a mi hermano, le quería, y le quiero, porque era, y es, mi hermano, no porque fuese un niño pequeño al que adorar, me explico?
En fin, como sea, que los niños no eran ni son mi fuerte. Pero cuando te planteas que ese niño que tienes enfrente proceda de ti, la cosa cambia. ¿Qué yo creía que el instinto maternal era una soberana gilipollez, que el reloj biológico no existe y que todo son convencionalismos aceptados desde que el hombre es hombre y la mujer, mujer?¿Qué yo creía que el tema maternal era una ñoñería de abuela, machismo en definitiva, que sometía a la mujer para quedarse en casa con sus niños y para de contar? Pues sí, pensaba todo eso y en parte lo sigo pensando, pero ahora soy consciente de que, entendiéndose como se quiera entender, en nosotras surge algo de repente, una luz, salta un resorte, una sinapsis rara, llamésmolo "x", que nos hace plantearnos que lo que nos falta en nuestro puzzle personal, es un hijo. Doy por hecho que todo viene precedido de unas circunstancias, es decir, que cuando la situación personal es proclive a ello, pues todo esto es cuando más se acentúa.
"De todos los derechos de una mujer, el más grande es ser madre. El amor de una madre es el combustible que hace que un ser humano logre lo imposible". Esto es lo que empieza a brotar en mi, y la cria egoista de la que hablaba al principio quiere ejercer este derecho y hacer de él una personita capaz llevar a cabo lo que se proponga, pero ante todo, intentar ser feliz.